Construir el futuro es sepultarse poco a poco en el sinsentido que repudias de los demás. Hacer de los horarios, la ropa, las fechas de caducidad, la máxima preocupación. Volcar la vida en números, protocolos, ir de aquí para allá y que sobre tiempo para invertir en Zara, no comer entre horas. Llevar una vida ordenada, con borrachera los sábados, claro, y la licencia de hablar, por ejemplo, de cómo va el país, a fin de cuentas, no somos seres vacíos. No hay polvo sobre los muebles y sé decirte qué comeremos durante todo el mes, aunque a veces me empeñe en ser otra, o sea yo. Asumido pues que el futuro es negro, no por ellos, sino por ser yo como vosotros, alargo el gesto, y amargura en mano me cuelo entre la masa asustada por los fallos del wassup, y no, no me distinguís, porque trabajo para quién, hace tiempo que olvido que tengo sueños y vocaciones, me levanto y ejerzo, limpio y planifico, gasto las horas clavada en el vacío para volver a empezar, ¡vaya!, cuántas cosas que hacer, qué ocupada estoy, el ordenador me va a comer la vida. Ahora me empeño en que mis zapatillas parezcan siempre nuevas, así llegaré como si nada, como si no hubieran pasado hoy o ayer, a la existencia nueva, que como siempre espero que sea mañana, porque olvido que tengo tren de huida hacia el pasado, hacia aquí nada ha cambiado, os lo inventáis. Tren de números, trabajo porque olvidé que iba a morir, hice kilómetros para comprar felicidad pero solo traje ropa, tren de alta velocidad, como estos días. Y suena el teléfono, y estamos en crisis, ¡polvo de la semana!, y ya es primavera, te quiero cariño, ocho de la mañana, dormir.
Qué asco me dais. Pero sobre todo, me dais asco porque me estoy convirtiendo en uno de vosotros.