lunes, 27 de diciembre de 2010

Onetti

Y sigo con El libro de los abrazos. Tendría que ser como El Quijote, en cada casa debería haber un ejemplar. 

Hace unos días decidí recordarlo, ya sabéis, volver a pasarlo por el corazón, y en ese recordando topé con "Onetti", y me gustó. Me hizo pensar. Llegue otra vez, con ese pensamiento, a mis reflexiones de ¿Lo son? y pensé más. Seguí pensando. Así que tanto pensar, pensé también en dejaros este relato por aquí, por si a alguien le apeteciera pensar conmigo.





"ONETTI"
Yo no tenía ni veinte años y andaba jugando a la gallina ciega en las noches del mundo. 


Quería pintar, y no podía. Quería escribir, y no sabía. A veces escribía algún cuento, y a veces se lo llevaba a Juan Carlos Onetti. 

Él estaba siempre en cama, por pereza, por tristeza, rodeado de pirámides de puchos, tras una muralla de botellas vacías. Yo me sentía en la obligación de emitir frases inteligentisimas. El maestro Onetti miraba al techo y no abría la boca más que para bostezar, fumar y beber, lenta sueñera, pitadas lentas, tragos lentos, y quizás mascullaba algún fruto de sus prolongadas meditaciones sobre la situación nacional e internacional: 

- La cosa se jodió - decia - el día que los milicos y las mujeres aprendieron a leer. 

Sentado a su orilla, yo esperaba que él me dijera que aquellos cuentitos míos eran indudablemente geniales, pero él callaba y a lo sumo gruñía o me estimulaba así: 

- Mirá pibe. Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de la banda del pueblo. 




Eduardo Galeano

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