sábado, 13 de noviembre de 2010

Vivimos tan rápido que ya no sé como detener el tiempo para ti. Sin embargo, cada vez que monto en un tren, estoy comprando la velocidad suficiente para reposar sin prisa, para abrir un libro por el placer de no tener nada más que hacer, y para, yo sola, decirme sí, la quiero.

Es mi momento de imaginar sin que me pese en la conciencia derrochar minutos útiles. Es el rato en que los segundos se alargan y el tiempo parece que se hace tan infinito como la vía del tren; nunca llega a ti. Y sin embargo, ya estoy de vuelta. Y otra vez la misma prisa y el mismo hastío, y la misma mentira y el mismo paso de los días que sólo saben decir que viven esperando la semana en que vuelva a comprar un billete de tren con destino a la vida. De tren con destino, por fin, a ti.

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