sábado, 25 de junio de 2011

El tiempo es mentira: los días no tienen 24 horas y un instante es una eternidad.

Luego está eso, que se hace grande y rompe el límite. Que pasa por encima de todo, del tiempo, que no existe, y del espacio, que hace una cama inabarcable. Digo eso porque no sé cómo mierdas se llama, y porque, qué cojones, no sé lo que es. Pero eso ha convertido los pronombres personales en una conjugación. Yo conjugo, tú conjugas, ella conjuga, y no tengo claro si quiero seguir conjugando tu piel con mi saliva. El presente ha reventado y el futuro inmediato, vacío, juega a llenarse con la ansiedad. Siempre hay días pienso que terminan con textura del sueño, con palabras clavadas en el estómago, en la piedra que tira hacia arriba o en la garganta equivocada de lugar. Con palabras clavadas. Con la conjugación clavada. Con los pronombres clavados. Hay noches que estallan mi concepto tiempo, y lo que estalla a veces es difícil de remediar.

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