miércoles, 28 de diciembre de 2011

Repito en mi cabeza tus últimas palabras una y otra vez. No sé bien si por aprenderlo de memoria o por convencerme: dijiste justo lo que yo quería oír. Debajo del edredón soy la más fuerte, nadie se atreve a molestarme… Solo, y alguna vez, esa ansiedad que me golpea con violencia el pecho y me obliga a retorcer el cuerpo entre las sábanas como sufrido de un orgasmo de dolor… Pero ningún (in)humano alarga su mano hasta aquí, así que dedico mis horas negras a construir un escudo que me proteja de ti, a convencerme de que no falta uniforme en esta guerra, mientras espero, ¡Ay de mí! que aparezcas en realidad desarmada y me rescates de entre la ropa y la oscuridad… Que me tomes desnuda, sin armas, y me lleves a recorrerte… Como me han contado que se hace en tantos poemas… Si me encierro es por fe en tu salvavidas, si me callo es la esperanza en tus palabras, aunque ya sé… la bruma no es tan espesa en esa otra orilla.

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