jueves, 29 de diciembre de 2011

Cuando tenía once años me arrancaron el corazón,
me robaron la capacidad de amar,
me privaron del sabor amargo de los besos.
Con catorce me destrozaron el pecho a zarpazos.
Cuando tenía catorce años me arrancaron el coño,
me devolvieron pura la capacidad de amar,
me salvaron de la suciedad del sexo.
Crecí.
Amé sin amar.
No follé.
Nadie me enseñó a follar.
Nada tenían que ver amar y follar.
Me arrancaron el corazón,
me prohibieron amar,
me instruyeron en la amargura de los besos
(¡bienaventurado el que escapa a su dulzor!),
despedazaron mis pechos,
y aprendí la vergüenza de follar.
Mística.
Pura.
Inmaculada.
Noble.
Buena.
Ejemplar.
Cuando tenía veintidós años me ensucié.
No con veintiuno.
Tampoco con veinte, diecinueve, o hacia atrás.
Me ensucié con veintidós años.
Cuando tenía veintidós años se hizo más grande el hueco del corazón,
resurgió la capacidad de amar,
gozó mi cuerpo del sabor amargo de cada beso.
Con veintitrés consumo el tiempo por mirarte.
Cuando tenía veintidós años abrí mi coño,
me ensucié,
me corrí,
me calé,
me morí entre tus piernas.
Con veintitrés me consumo ante tu fotografía.
Con veintitrés años duermo abrazada a un cojín.
Quemo las horas mirando tu fotografía.
Chupo presencia y ausencia.
Con veintitrés años.

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